miércoles, 18 de febrero de 2015

"La senda tenebrosa", o el derecho a una segunda oportunidad


Por M.S.


Todos necesitaríamos de vez en cuando un cirujano plástico que, como a Humphrey Bogart en La senda tenebrosa, nos reconstruyese la cara para salir confiados de casa en busca de una segunda oportunidad, o quizás en la procura de la primera. Alguien que, en poco más de una hora y por el módico precio de 200 dólares, nos brindase la posibilidad de mostrarle al mundo un rostro diferente del que da por sentado y en el que dejar, premeditadamente, una desagradable cicatriz de la que poder tirar si el experimento sale mal y hay que recurrir a quienes fuimos en el pasado.

Bajo la piel de Vincent Parry, el rostro de Bogart es el de un hombre injustamente encarcelado que ansía recuperar su libertad a través de una cara vieja, que muestre que ya ha vivido lo suficiente, pero lo suficiente nueva para comenzar a vivir otra vez. Algo así como pedir a la carta de la ciencia quienes deseamos parecer en el presente sin que sea condición imprescindible para ello arrepentirnos de quienes ya hemos sido en el pasado.

El protagonista de esta película vive atrapado en una escalera escheriana, víctima de una destino caprichoso empeñado en que, una y otra vez, escena tras escena, vuelva a tropezar con los mismos secundarios sin lograr mezclarse  con la multitud, esa multitud que de llegar a acogerle le permitiría escapar de sí mismo.

A lo largo de la película los personajes se conocen y se reconocen a través de una tenebrosa senda que, por momentos, los atrapa en una carrera desesperada por encontrar la salida y que en otros se torna en una tediosa espiral que parece llevarse, una y otra vez, al mismo punto de salida; se trata de una sensación semejante a la de coger el autobús a la misma hora todas las mañanas o tomarse una cerveza en el bar de siempre después de trabajar, las mismas caras, las mismas personas.

Aquí, como el cine, pasado el momento inicial de diferenciarnos los unos a los otros, e incluso los unos de los unos, nuestra convivencia se convierte en una jaula, en una repetición, en una retahíla en la que, con solo echar una simple ojeada a los rostros que nos rodean, es fácil presuponer en qué supermercado abastecen la despensa, en qué colegio matricularán a los niños y, afinando un poco más, qué vocaciones frustradas pueblan sus noches de insomnio. Un juego de adivinanzas con las que hacer más llevadero el trayecto hasta el trabajo o con las que, simplemente, amenizar los diálogos mientras se prepara la cena.

Con el paso del tiempo, como con los minutos del largometraje, todo se torna asquerosamente previsible y las caras que nos observan son tan conocidas que creemos saber más de ellas que de las nuestras; afortunadamente, las propias aún guardan la capacidad de sorprendernos con otra impertinente arruga, una desafortunada alteración cutánea o algún gesto de cinismo fruto de las variaciones de nuestra economía. Las otras no, las otras se han vuelto tan insoportables que desearíamos llegar a ser otros y probar a verlas desde otra perspectiva. Y en eso, sin duda, es en lo que acierta La senda tenebrosa. Nos brinda la fantasiosa posibilidad de disfrutar de casi una hora de rodaje de plano subjetivo, con la cámara en la mirada de su protagonista, viendo a través de sus ojos pero sin verle, acrecentando en cada escena la curiosidad por descubrir quién es el rostro que está detrás; creando una atmósfera en la que, al dejar de vernos por unos instantes, desearíamos realmente saber quiénes somos.

Y quizás sea de eso de lo que se trata, de una cuestión de perspectiva, de lograr salir de los enrevesados laberintos que habitamos sin llegar a desorientarnos, de conversar sin sentirnos en la obligación de inventar constantemente nuestra personalidad, de reencárnanos una y otra vez sin necesidad de anestesia, o simplemente de decir la verdad, la nuestra, "al fin y al cabo si dices la verdad nadie te cree", como asevera Lauren Bacall.


No parece el mejor guión con el que rodar una gran película pero tampoco es el peor que podríamos llegar a protagonizar. A lo mejor es cierto aquello que sostenía George Bernard Shaw de que los espejos se emplean para verse la cara y el arte para verse el alma. Si quieren, juzguen(se) ustedes mismos.


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