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miércoles, 10 de junio de 2015

Martiño Noriega, ese tipo tan laico


Por Ana Ulla

Desde que Martiño Noriega afirmó que “la política es como el amor”, somos sus más rendidas admiradoras…al menos mientras no diga que el amor es como la política, claro. Por eso no nos sustraemos al placer de leerle aunque sea siempre con la precaución de mirar antes la fecha de cada artículo para saber a qué partido pertenece en cada momento. Y es que dicen que Martiño anda profundamente sorprendido por las reacciones que se han sucedido tras anunciar que no asistirá a la próxima Ofrenda de Galicia al Santísimo Sacramento. Sorprendido, cuentan, porque tal noticia no solo ha suscitado la mayor de las indiferencias en la calle, sino toda una colección de bostezos entre los no lectores de Praza con la que no contaba. Lo que Noriega pretende, según afirma, es que el concello sea una institución laica, y por eso no asiste.  Como si a alguien le importara que vaya o no. Y tan desconcertado se siente que no  deja pasar un día sin recordarnos que no irá, que él es un laico de los pies a la gorra y, por tanto, que lo suyo debemos entenderlo como un acto de rebeldía. Pues muy bien, pero tanta insistencia en que lo sepamos está más próxima a lo patológico que a lo político. Pues que no vaya, pero que deje de dar la matraca con lo laico que es, que no le importa a nadie.

Martiño tiene miedo de ir. Puede que por perder cuatro votos. Puede que  porque le tachen de quién sabe qué, o a cotaminarse con el incieso. Duda tanto de sus convicciones que no tiene el valor suficiente para ir y decir "aquí estoy, no me importa estar". Pero tiene miedo. Por eso se excusa en la laicidad, porque no cree en sus convicciones, no cree que sean tan fuertes como para superar la prueba de asistir a un acto religioso. Tiene miedo. Pobriño....¿Alguien se imagina al arzobispo rechazando una invitación para ir al concello porque es un lugar político o civil?

Porque como acto de rebeldía parece más bien sacado de un capítulo de “Cuéntame” que de los días que corren, y como gesto de laicidad militante roza lo infantil. A Martiño se le supone una formación y unos conocimientos porque llegó a acabar sus estudios de medicina, pero aún debe demostrar por qué lo hizo. Porque o juega al despiste, o no sabe lo que es ser laico ni sabe que en esos actos religiosos lo que se hace es invitar a las autoridades civiles precisamente como gesto de reconocimiento expreso de la separación de ámbitos entre lo religioso y lo institucional. Luego se va o no se va por mil motivos, desde la mera cortesía hasta el oportunismo político. Pero sobre todo parece ignorar nuestro Martiño que la inmensa mayoría de los creyentes nos sentimos aliviados cuando las autoridades civiles deciden no acudir a tales eventos, ya que con demasiada frecuencia su presencia es capaz de causar un daño a la Iglesia tan grande que después resulta difícil de digerir.

Sea como fuere, para entramar una justificación que nadie le ha pedido porque a nadie le importa y que tal vez por eso se publica en Praza, Martiño echa mano de dos argumentos de manual. Primero, que a esos actos ya no se iba en la Segunda República, ignorando que no fue ese período el más dañino para la Iglesia sino paradójicamente el posterior, el franquismo, cuando se pretendió que la Iglesia formase parte del aparato del Estado, una situación antinatural y aberrante que hizo más daño que todas las iglesias quemadas y curas fusilados juntos al estilo del IS (¡oh!) El segundo argumento de primaria es resaltar la separación entre Iglesia y Estado que impone la Constitución, que esta vez sí hay que obedecer, en su artículo 16.3, obviando como político de casta el segundo párrafo de ese artículo, el que impone expresamente la obligación de las administraciones públicas de colaborar con, literalmente, la Iglesia Católica y las demás confesiones y tal. Aunque esto sea otra historia, naturalmente...

En eso consiste su laicismo, según nuestro admirado “Teócrata”. Y nos parece muy bien, o muy mal, que poco importa porque es lo mismo que no decir nada. Que un concello deba ser laico no es logro suyo, sino de la Constitución. Así que muy bien si va a actos religiosos, y muy bien si deja de hacerlo, que ni en uno u otro caso el concello será más o menos laico. Y que no se preocupe nuestro Martiño si nadie le solicita que acuda cuando lo del Apóstol para pedirle que acabe con el paro o con las garrapatas. No es el primero que se niega ni será el último, y así debe ser cuando se actúa con integridad. Que pedirle cosas al Apóstol puede ser peligroso, no vaya a ser que también el Apóstol le dé por pedirle cosas al oído al alcalde y se monte un follón. Así que mejor no ir. Por si los acasos.


De manera que en esas estamos, preguntándonos que si el ir o no hacerlo no dejaría de ser un mero gesto simbólico, porque Jorge Duarte dijo hace unos días en televisión que los gestos simbólicos son muy importantes para la gente, poniendo como ejemplo lo de la declaración de Compostela como ciudad libre de desahucios, algo que no tiene aplicación, dijo, pero al no tener coste a la gente le gusta oírlo. Y es que se oye cada cosa....

Así que, señor Martiño, siga hablándonos acerca del amor y deje para otro momento sus traumas freudianos. Gracias.

Ana Ulla: lampreasyboquerones@gmail.com


martes, 21 de diciembre de 2010

En Apoyo Del Jodío Niño Del Jamón

Porque sí, porque si su fe es tan grande que no puede ni escuchar la palabra maldita que nadie le obligue a hacerlo, que si pertenece a una fe minoritaria en un país con otras creencias, no pueda ser marginado ni injuriado por ello, que si, que pueda proclamar su fe sin limitaciones de nadie, que nadie pueda ponerle cortapisas a sus creencias y que pueda proclamar aquello en lo que cree con total libertad y pueda contar con los poderes públicos para hacer valor ese derecho a no ser ofendido, pero antes…

…pero antes, que vaya a uno de esos putos países, con su familia y la madre que les parió a todos ellos y cuando consiga que allí pueda hacerse lo mismo que ellos exigen aquí, que un cristiano pueda decir que lo es en público sin que le vuelen la cabeza, que puedan levantarse iglesias donde se quiera y se pueda proclamar la fe cristiana con los mismos derechos que aquí, entonces…
…entonces que regrese a España y volveremos a hablar del jamón. Posiblemente para entonces haya comprendido que el Creador ha querido que el hombre sea libre incluso para creer en Él o no, y puede que entienda que, como dice la Escritura, la impureza no está en lo que entra en el cuerpo, sino en lo que sale del corazón.
Así que, ¡FELIZ NAVIDAD!

Y UN JAMÓN PARA TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Del Miedo Escénico

La célebre frase “y hasta aquí puedo leer…” popularizada por cierto concurso televisivo, resulta hoy indispensable en cualquier manual de manipulación. El penúltimo ejemplo lo acabamos de ver cuando quienes se refieren a la llamada aconfesionalidad del Estado proclamada en nuestra  Constitución, callan sibilinamente la expresa mención que en el mismo artículo, el dieciséis, se hace a la Iglesia Católica y al deber de los poderes públicos de colaborar con ella, lo cual tiene difícil digestión incluso para los estómagos más agradecidos de su jerarquía. Por ello extraña que los responsables del último viaje papal echen mitras fuera a la hora de valorarlo, valoración muy gris pero que se explica sencillamente por el hecho de que los fieles estamos hastiados del enésimo viaje, encuentro, jornada y demás historias en las que importa todo menos el creyente que, como a un amante o a un amigo, desea y necesita ver y escuchar al Papa y no solo mirarlo u oírlo, cuando lo único que importa es que “el acto” salga bien. La fantasmal Santiago que uno pateó la jornada del sábado refleja la idea de que para la organización exquisitamente burocratizada y eficientemente profesionalizada de estos eventos el fiel es solo un figurante mediático cuya inasistencia se achaca al exceso de seguridad o el temor a las aglomeraciones, parvas excusas que solo se explican por el poco oxigeno que suele haber en los coches y en los despachos oficiales. Las heridas causadas por las guerras de cifras se cubren con vendas, pero en los ojos, de ahí que si cuando el conselleiro Rueda habló de “éxito rotundo” lo hizo con sinceridad, entonces alguien debiera advertirle que, como aquel emperador, va desnudo. Que no olvide que si al anterior presidente lo crujieron por comprarse coches, a este pueden largarlo por vendernos motos.

Publicado en SANTIAGOSIETE el 12 de Noviembre de 2010

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