jueves, 29 de noviembre de 2012

Despedida de Sánchez Bugallo, ese hombre...


Los escépticos más recalcitrantes, aquellos que ni creen en el Fin del Mundo ni en la marcha de Sánchez Bugallo, han de saber que ésto, lo segundo, ya ha acontecido, así que cuidado. Porque Sánchez Bugallo ha pasado a mejor vida, una inmejorable, la de diputado autonómico, premio gordo de la lotería entre las loterías. Atrás quedan veinticinco años en Raxoi, doce de alcalde, más que Zapatones reclinado en la barra de la tasca. No es que no quisiera irse, es que no podía levantarse, no se acordaba cómo era este magnífico ejemplar de polititauro que, como los mitológicos centauros, tenía torso de persona y poltrona de cintura para abajo. Un cuarto de siglo del primero al último de sus años, que se recuerda pronto, y es hora pues de los reconocimientos y homenajes, entre ellos el nuestro, por qué no, ahora que afirma sentirse orgulloso de sus años de trabajo, que habría que ser muy tonto para decir lo contrario, y de cómo deja la ciudad, otro tanto. Quedan para analistas y consultores políticos vendedores de crecepelo la trayectoria política de Bugallo, sus errores y aciertos, que los demás nos quedamos con lo de la despedida el día en que se marcha por no donde no había venido, con viento fresco, casi gélido, de la mano ampulosa de Marisa del Río hasta completar, con la dudosa certeza de Paula Prado, también del Río, cuatro bajas electorales, un adiós digno de estudio en el que pronto sabremos si ha sabido dejarlo todo matado y bien matado lo mismo en su partido que colocados a los suyos también en el partido de enfrente.
Se va, en fin, Sánchez Bugallo camino del Parlamento siguiendo los pasitos nerviosos de María Seoane hacia ese cementerio de elegantes en que se está a convertir el Hórreo. Se va y se le despide como quien ha llegado a su meta, como a un maratoniano al cruzar la línea, como quien ha acabado su labor…
…¿o no? Porque no se iría de seguir siendo alcalde, mire usted, que se va porque un puñado de malhadados votos del Bloque le impidieron seguir sacando brillo a la vara de mando, que se va, oiga, lo mismo que se hubiera quedado en tal caso otros cuatro, o doce o quinientos años más. Eso sí, o de alcalde o nada. Alcalde cercano, apacible, conciliador, amigo de sus amigos aunque lo fuera solo de ellos que se sepa, que muy mal andan las cosas en política cuando nos conformamos con que un alcalde sea solo eso, buena persona, para qué más. Tal vez haya otras formas más elegantes de decir que se marcha porque los ciudadanos lo han querido en la posición y él no ha querido escucharles, pero como no sabemos cómo hacerlo mejor, valga esta despedida. De todo corazón y con todo el afecto.


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