
Uno de los inventos más redondos del pasado siglo ha sido la antena parabólica, que igual sirve para hacer la paella de los domingos que para viajar por el mundo como en alfombra de Aladino, tejida por esos hilos, latitud y longitud, que conforman el punto del traje de tanta gente. Posiblemente, junto al neurótico placer de explotar pompitas del papel de embalar y disfrutar en soledad de la victoria de tu equipo en un bar atiborrado de hinchas contrarios, lo más placentero que cualquier pueda encontrar allende la puerta de su huerto sea escuchar en noches de lluvia compostelana los aires y sones que acompañaba la niñez de leche templada y embozo.
No es esta Santiago tierra de flamenco porque hasta la universalidad tiene goteras en su seno materno. Pero cuando se goza la oportunidad de vernos envueltos en un tablao el corazón nos late como un taconeo por bulerías, que es el sonido que hacen los números y los lunares al multiplicarse, o revolvernos el pelo si la bata de cola pasa por encima de nuestras cabeza, que es un viento de levante que guardamos en los bolsillos, un caldo caliente que apretamos en tazón con las manos a la vuelta de las esquinas de las lluvias, una mirada furtiva de mujer morena como un beso criado en barrica de labios sedientos. Es como esta lluvia que cae, peo acompañada de palmas lo hace a nuestro antojo.
Uno ha visto en Santiago bailar flamenco a muchachas brasileñas y tocarle la guitarra un gaucho, sí, y quedarnos con ello el sabor de un churrasco de gato pardo, de lacón con helechos, de compostelana fea, un imposible, un sindiós. No, uno no quiere escuchar flamenco en Compostela porque las piedras no suenan bien a soleá, que es otra cosa, que basta con mirarse las manos para ello y ponerla luego en el corazón y un seno para saber que las piernas de una bailaora son columnas semieternas, con principio pero sin fin, que aún sostienen este mundo, que se ha tocado la cremallera que baja por una espalda de sudores, y las manos largas y afiladas que giran dando cuerda a la vida. Porque uno ha bebido fino en la concha basta de unas castañuelas y sabe que las cuerdas de la guitarra están hechas de sogas de ahorcados en mil penas y un día, de muertos, mujeres y vino.Y tú Nebrera, sé que lo sabes. Y tú también…pero cuando quieras te lo vuelvo a explicar cuando salga la luna, que es cuando más blancas están las sábanas.
No es esta Santiago tierra de flamenco porque hasta la universalidad tiene goteras en su seno materno. Pero cuando se goza la oportunidad de vernos envueltos en un tablao el corazón nos late como un taconeo por bulerías, que es el sonido que hacen los números y los lunares al multiplicarse, o revolvernos el pelo si la bata de cola pasa por encima de nuestras cabeza, que es un viento de levante que guardamos en los bolsillos, un caldo caliente que apretamos en tazón con las manos a la vuelta de las esquinas de las lluvias, una mirada furtiva de mujer morena como un beso criado en barrica de labios sedientos. Es como esta lluvia que cae, peo acompañada de palmas lo hace a nuestro antojo.
Uno ha visto en Santiago bailar flamenco a muchachas brasileñas y tocarle la guitarra un gaucho, sí, y quedarnos con ello el sabor de un churrasco de gato pardo, de lacón con helechos, de compostelana fea, un imposible, un sindiós. No, uno no quiere escuchar flamenco en Compostela porque las piedras no suenan bien a soleá, que es otra cosa, que basta con mirarse las manos para ello y ponerla luego en el corazón y un seno para saber que las piernas de una bailaora son columnas semieternas, con principio pero sin fin, que aún sostienen este mundo, que se ha tocado la cremallera que baja por una espalda de sudores, y las manos largas y afiladas que giran dando cuerda a la vida. Porque uno ha bebido fino en la concha basta de unas castañuelas y sabe que las cuerdas de la guitarra están hechas de sogas de ahorcados en mil penas y un día, de muertos, mujeres y vino.Y tú Nebrera, sé que lo sabes. Y tú también…pero cuando quieras te lo vuelvo a explicar cuando salga la luna, que es cuando más blancas están las sábanas.
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