Sí. Basta cerrar los ojos para poder ver el cada vez más menguante jardín de aquel gigante del cuento y no la habitación guardada al otro lado de la pared del iluminado salón principal donde no caben los nombres ni sus apellidos, donde basta pensar que allí, junto a ese arpa en el ángulo oscuro de sus sueños tal vez olvidada oscuro un brillante deja de serlo si solo puede ser visto por una sola de sus mil caras o la más preciada de las frutas no se alcanza con los cinco sentidos sabiendo que cualquiera, al igual que los cuerpos más o menos celestes que pueblan el infinito por encima de sus nubes, tiene dos caras, la oculta que todos ven y la visible que solo puede ser contemplada en el reflejo del espejo que son los ojos, y a veces los dedos, de quien sabe mirar porque quiere ver, el lugar donde el aire que se cuela por las ventanas es un idioma nuevo que se aprende para comprender tanto y tanto, y cada hecho bajo la atenta mirada de un reloj de sol en la noche es volver a leer los capítulos del mismo libro para al fin entender qué somos. Para ser lo que realmente se es sin dejar de ser lo que no se es, como el agua y el aceite que se agitan sin perder una pestaña de lo que son al tiempo que, entretanto, se abrazan, besan y hablan al oído palabras de miel para ser el uno el vestido, el traje del otro. De nada podemos estar tan seguros como de la inseguridad ni más confiados que en la desconfianza, pero ser todo lo que se puede llegar a ser y regresar para contarlo solo está al alcance de quien aspira hondo llamando a la cobardía por su nombre y obtener, al fin, preguntas para tantas respuestas. Luego basta con abrir los ojos y buscar en el cajón de los mapas de los tesoros olvidados el lugar y su camino, y encender la luz del faro para saber llegar. Escribe...
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