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viernes, 30 de septiembre de 2016

Huída en sandalias


Por Susana Díez de la Cortina

Ha querido la casualidad que en estos días pasados de elecciones tuviera yo entre manos un 
librito de poemas, de la colección de poesía “Raíces de papel” de Vigo, del que me sorprendió  cómo su autor, Juan Calderón Matador, hacía reiteradamente un uso poético de la ‘sandalia’  no sólo como símbolo de huída, sino como forma metonímica de la amorosa impresión que  deja el amante sobre el amado:  

“Desde aquel golpe de deseo  
que acomodó en mi pecho 
 el suave crujir de tu sandalia,  
al camino me eché sin miedo al barro”.  

(De “El destino nos ata y nos desata”. Ediciones Cardeñoso, Vigo, 2012, pág. 29)  



“pero bastó el andamio de tu aroma 
 para fortalecerme el esqueleto,
  para calzar de nuevo la sandalia  
y volver a la ruta de tu amor,  
mientras esa mujer se hacía pavesas 
 entre sus propias llamas”. 
 (íbidem, pág. 33) 

   Más profunda que la de la pasión (representada simbólicamente en la poesía de este  autor como “mujer‐lumbre”, “mujer‐ceniza” o “pavesas”) es la huella que deja sobre el pecho  de arena del amante la sandalia del  amado. Leyendo otro libro del mismo autor me doy  cuenta de la recurrencia del símbolo pero, esta vez, con sentido de huída:

  “Apenas pudo verlo 

 correr  con sandalias de fuga.”  

(De “Sirenas de pecho herido”, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2013, pág. 42)  

“Huída” (del latín FŬGĔRE, de donde proceden también el cultismo ‘fuga’ y otros de uso  bastante corriente en nuestros días, como ‘tránsfuga’, o los emparentados en castellano, a  decir de Joan Corominas, con las raíces de fuego y ahogo, como ‘desfogar’ y ‘desahogarse’) es  también el título de un inquietante relato de J.M. García Cáceres que venía leyendo al mismo  tiempo que los versos de Calderón. Y aunque mi propósito era hablarles sin más de literatura,  por esa rara coincidencia que nunca deja de asombrarme de ver cómo las lecturas se  confabulan para hacernos transitar hacia otros derroteros, debo advertirles que el tema  literario tiene entre otros muchos peligros el de la deriva, y así me ha pasado a mí con este  cuento, que narra la huída onírica de la muchacha protagonista por entre las esquirlas  hirientes de una atroz pesadilla, como también lo hace la del poema “Nube” de Calderón,  quien nos cuenta el suicidio de una joven que, ante un matrimonio concertado, opta por  arrojarse al vacío: 

 “El vestido nupcial se hace jirones  
y queda moteado por el rojo
  de su sangre de huída. 
 Sin comprender, la siguen  
parientes e invitados, 
 atónitos los ojos,
  los brazos extendidos 
 queriendo detenerla,
  pero ella ya es juguete del vacío; 
 un pájaro sin alas
  que cae más deprisa 
 que el vuelo de los ángeles”  

(De “Sirenas de pecho herido”, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2013, pág. 57)    

   Porque, ante un conflicto (y sin duda la ausencia de gobierno para muchos lo es) se  puede huir hacia adelante (buscando la novedad y el cambio) o hacia atrás (buscando la  seguridad de lo acostumbrado, incluso si se trata de “lo malo conocido”); se puede huir hacia  fuera (buscando distraer la atención) o hacia dentro (creando un protector bloqueo defensivo),  e incluso se puede uno suicidar como las protagonistas de las que hablábamos, y de ahí a  comentar si en los votos de las pasadas elecciones se ha producido una fuga de electores hacia  acá, hacia allá o hacia ninguna parte, hay sólo un paso. Los resultados de los últimos comicios,  frente al conflicto que supone una España con un partido político ganador pero sin gobierno,  ¿qué clase de huída demuestran? ¿O será que los votantes, más que por una huída, han  optado por un darse un desahogo? El transfuguismo de los electores hacia posiciones  abstencionistas ¿qué clase de respuesta es ante la huella dejada en el corazón del país por la  sandalia del desgobierno de sus políticos? ¿Una manera sutil de correrlos a gorrazos o, incluso,  a sandaliazos? Que me perdonen mis admirados escritores por estas disgresiones en las que  mi mente huidiza ha incurrido a partir de sus escritos: es el peligro de la buena literatura, que  nunca se puede saber adónde nos llevarán sus sugerencias… 

 Susana Diez de la Cortina Montemayor
 filóloga, profesora de lengua española
 y directora académica de AulaDiez español online (www.auladiez.com)

domingo, 18 de septiembre de 2016

Seducción

Por Susana Díez de la Cortina Montemayor*

Cuando hace unos meses escribía yo aquí sobre un artilugio llamado “Triton Gills” que,
a modo de branquias artificiales, permite respirar bajo el agua, desconocía aun que hubiera
otro invento, el “Óculus del Edén”, que permitiera respirar bajo la pena. No sé si este último invento se comercializa en España, ya que no soy aficionada a la realidad virtual, pero me han dicho que hace furor en los EE.UU., donde las personas apenadas por la desaparición de un ser querido pueden volverlo a la vida virtual mediante este invento que recupera, a través de
fotos, vídeos, grabaciones de voz y todo tipo de datos de las redes sociales, los gestos, la
mímica, la caligrafía, la manera de andar, la voz e incluso el estilo de vestir del muerto. De ese modo, la pena de la pérdida se hace más respirable. Una especie de pacto con el diablo a
terceros, ‐ pensaba yo saliendo de la presentación de “El libro de Satán” de Carlos Aguilar y
Frank G. Rubio que inevitablemente me trajo a la mente a aquel elegante y seductor Demo de
una de las novelas de Iván Robledo‐, de ahí que multitud de voces se hayan levantado ya para
alertar de los peligros de este invento del demonio que nos conduce –y hago otro inciso para
advertir que ‘seducir’ proviene del latín DŪCĔRE, ‘conducir’– como mínimo, a la locura:
porque lo que de verdad seduce del invento no es la posibilidad de devolverle al finado el
hálito vital, sino la de seguir respirando nosotros; y ni siquiera eso, pues, hipócritas como son
los vendedores de esas mercancías que embellecen nuestras vidas con el resplandor de la
felicidad, no nos habían avisado de que nunca podríamos abrazar un holograma.

Por eso pienso yo que el “Óculus del Edén” tendría mejores aplicaciones prácticas si
nos sirviera para que un ser querido vivo, al que consideramos por muchos conceptos adorable
pero por muchos otros deplorable, se comportara virtualmente como nos gustaría que fuese,
no sólo ante nuestros propios ojos, sino también de cara a la galería: el hijo díscolo se volvería
dócil, el cuñado criticón y cotilla sería un tipo majísimo e incluso podrías tener por fin esa
mujer guapa e inteligente ‐o por lo menos, si esto último no fuese creíble, con buena
ortografía‐ que querrías mostrar a todo el mundo como de tu exclusiva propiedad. Conozco a
más de uno a quien le chiflaría el artilugio. Podrías tener tu propia Galatea en casa y dejarte
finalmente de esfuerzos fotográficos, disimulos y disgustos al leer los comentarios. El
problema es que, subyugado por la belleza resultante del arte de simular y mentir, pierdes
tiempo y energías en inventarte a quienes te gustaría admirar, pero no para otra cosa que para
ventilar públicamente el orgullo de su posesión (incluso a sabiendas de que no lo merece). Y de
repente un día, de tanto cuidar tu imagen y la de quienes quisieras poder enorgullecerte en
ese espejo público al que a diario sacas lustre en las redes sociales, te levantas con la noticia
de un muerto de verdad, y te preguntas por qué tantas veces te dio pereza visitar a tu madre
en la residencia, por qué no le diste a aquella amiga que siempre te quiso el estrecho abrazo
que necesitaba, por qué dejaste al abuelo en manos de enfermeras morirse de tristeza, o a tu
hijo embarcarse en un viaje sin retorno. Pero entonces ya no te quedará otro remedio que
echar mano del “Óculus del Edén” para volver a escuchar los consejos del amigo, revivir unos
ojos y unos brazos que de verdad te amaron y que amaste, o comer los domingos con tu
abuelo y tu hijo. Y podrás respirar bajo la pena con una autonomía razonable, pero sólo la justa
para ir tirando hasta que te llegue a ti también la hora de ser un ente virtual en las vidas de
otros, olvidando entretanto aquello que tu abuelo, tu amada o tu hijo te decían a diario con su
presencia: que cada uno de nosotros damos sentido a la vida de los demás con nuestra
existencia, y que lo que es inútil es empeñarse en encajar a los otros en nuestras vidas.
Sedúcelos, si puedes, deja que te seduzcan, pero sin trampas: el sentido de toda seducción
(‘sentido’ en las acepciones de ‘dirección’ y ‘significado’, pero también de ‘sentir’, o sea, de
‘sentimiento’) está en ese dejarse conducir por los afectos verdaderos, no por artificiales
artilugios.

i i“El libro de Satán. Todo sobre el culto al diablo”, de Frank G. Rubio y Carlos Aguilar, ha sido editado este año en la colección Janus de la editorial Hermenaute: http://www.hermenaute.com/libro.php?id_libro=9

ii “Cinco días para matar al Papa” (2013), de Iván Robledo, está en la Editorial Amarante:
https://editorialamarante.es/libros/novela‐negra/cinco‐dias‐para‐matar‐al‐papa

*Susana Diez de la Cortina Montemayor es filóloga, profesora de lengua española y directora académica de AulaDiez español online (www.auladie.com)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Desde el levante gallego

Por Susana Díez de la Cortina*

            Creo que fue Honoré de Balzac el autor de aquella célebre frase que decía que el  amante le enseña a la mujer lo que el marido le oculta. Lo que la mujer no sabe es que en el fondo de casi todo amante lo que se oculta no es otra cosa que un marido. Esta última paráfrasis me la suscitó la lectura de una novela que acabo de terminar recientemente, “Callejones de Arbat”, publicada este año por Editorial Verbum,  en la que su autor, Antonio Álvarez Gil, que no es ruso ni alemán ni francés pero -como si lo fuera- se adentra en esas grandes pasiones extraconyugales en las que los amantes ocultan ser maridos, nos relata una curiosa anécdota:


«¿Cómo explicar el estado del alma de alguien que sabe perfectamente que está obrando mal con respecto a una de las personas que más aprecia en el mundo y que, sin embargo, no quiere dejar de hacerlo, al menos por el momento?¿Cómo acomodar eso en la conciencia de un hombre que había presumido siempre de ser un hombre honorable, que amaba a su esposa y a sus hijos por encima de cualquier cosa en el mundo?¿Existía acaso algo que pudiera justificarme ante Vera, algún detergente capaz de lavarme la conciencia y permitirme seguir disfrutando del cariño de mi familia sin perder el de Dolores? En aquel momento, en medio de la fila de coches que llenaban los cuatro carriles de la avenida, recordé de repente algo que hacía unos años había visto en La Habana, cierta vez que caminaba por la calle Egido. Casi en la esquina de Compostela descubrí un curioso cartel que colgaba sobre un sillón de limpiabotas. El cartel, que había sido pergeñado sobre una cartulina y escrito con letras de molde grandes e irregulares, rezaba: “LA CONCIENCIA SE LIMPIA SE ARREGLA Y SE TIÑE DE CARMELITA”, así seguido y sin mayores aclaraciones. ¡Vaya filosofía!, me dije en el primer momento. Luego, releyendo el letrero comprendí el mensaje lanzado por el dueño del negocio. El hombre le había dado a su sillón el nombre de “LA CONCIENCIA”, y el resto de la frase conformaba el listado de los servicios que ofrecía a sus potenciales clientes. Entre ellos estaba, además de limpiar y arreglar sus zapatos, el de cambiar su color tiñéndolos de carmelita, que es la palabra que en Cuba usamos en lugar de marrón. Pensé que me habría hecho falta aprender un poco de aquel limpiabotas cubano, de sus fórmulas para limpiar conciencias. Quizás entonces resultaría más fácil presentarme ante mi esposa a la salida del aeropuerto de Sheremétievo».

            Más allá del guiño implícito en la anécdota del limpiabotas cubano, lo cierto es que el  - según Balzac-  feliz aprendizaje de los amantes acaba convirtiéndose en casi todas las novelas, sean de Tolstoi, Flaubert, Alas o Mann, en un asunto de conciencia, y por ello tal vez sobre estas grandes pasiones extramaritales pivoten por lo general otras profundas reflexiones humanas: las cuestiones éticas, religiosas o políticas, con el tema de la libertad de fondo (la misma libertad que ansían los amantes constreñidos por las convenciones del matrimonio), que en la novela que he citado se imbrican casi necesariamente junto con las amorosas en una compleja trama metaliteraria -por sus páginas circulan entre otros Pasternak, Ajmátova, Brodsky, Tsvetáieva y, sobre todo, Bulgákov-  de desenmascaramiento de la manipulación y la opresión y de exilio político de Cuba en tiempos de la glasnost y la perestroika . Pero más allá de este juego de muñecas rusas que es la literatura dentro de la literatura, el autor de la novela nos está narrando en primera persona parte de su periplo vital desde su Cuba natal a la Rusia soviética, pasando por una prolongada estancia en Suecia para, finalmente, recalar en el Levante de este país de gallegos que es España, desde donde actualmente continúa escribiendo no muy alejado de esa línea del “yo soy yo y mis circunstancias” trazada por otro famoso gallego -gallego como lo son todos los españoles para los cubanos, se entiende-, Ortega y Gasset, que por cierto escribió, y mucho, sobre el amor (sin echar cuentas, por ser filósofo y no limpiabotas de la conciencia, sobre si éste surge dentro o fuera del matrimonio, de los regímenes totalitarios, de los confesionarios de las iglesias o de cualquier otro sitio). 

Por lo menos en la novela de Álvarez el asunto está asumido sin complejos de superioridad porque, volviendo a la cita de Balzac, digo yo que hay una dosis considerable de arrogancia masculina en el hecho de creer que un marido pueda tener la capacidad de ocultarle a la mujer ciertas cosas ‘de alcoba’, y más aún en la del amante para revelárselas. ¡Hombre!, eso les pasa solo a los gallegos metaliterarios, porque el gallego de Galicia, que es gente de mucho mar, cuando pesca una sirena la coge por la cola, le da la vuelta, la mira por delante y por detrás y, ya se sabe, la tira otra vez al agua sin dudarlo. «¿Y por qué?». Pues la respuesta del verdadero gallego, como también se sabe, no puede ser sino otra pregunta: «¿Y por dónde?». Lo mismo le pasa a la mujer con el amante, que le da unas cuantas vueltas, lo mira por aquí y por allá, ve el marido agazapado y lo manda al cuerno. ¿Y por qué? Pues….ella sabrá, ¿o no?


*Susana Diez de la Cortina Montemayor es filóloga, profesora de lengua española y directora académica de AulaDiez español online (www.auladie.com)

martes, 2 de agosto de 2016

ESTRELA MORTA (Ramiro Fonte in memoriam, el 25 de julio de 2016)


Por Susana Díez de la Cortina Montemayor *

No hace ni un mes, en Pontedeume, adonde ‐siempre que me es posible‐  regreso por estas fechas cada año, presenté mi último libro de poemas titulado El Castillo, hecho que tuvo  ‐que tiene‐ un significado muy especial para mí. Y no sólo porque Pontedeume sea el lugar al  que vuelvo cada año, finalizado el curso académico, en busca de sosiego, sino porque aquí  nació uno de mis escritores predilectos y un poeta en gallego que tanto me ha inspirado, y al  que quiero recordar de un modo especial este 25 de julio, Día de Galicia del año 20016, que  para mí es, si eso fuera posible, un año más especial que otros, puesto que en lo que va de él  han visto la luz dos libros míos: me refiero, claro, al poeta Ramiro Fonte (Pontedeume‐1957,  Barcelona‐ 2008) tan tempranamente fallecido.    Al término del acto de presentación de mi poemario El Castillo, el Concello de  Pontedeume, en las simpáticas personas de su concejala de cultura, Yolanda Vázquez, y de su  bibliotecario, Alexandre Caínzos, me hizo entrega de varios libros, regalo que me emocionó  profundamente por contener, entre otros títulos, la antología Formas do tempo, de Ramiro  Fonte. Comprobé de inmediato que allí estaba ‐¡sí!‐ el poema que recordaba haber leído con  tanto sentimiento en mi juventud, el que lleva por título Estrela morta, perteneciente al libro  de Fonte Luz de mediodía (1995). No veo otra manera mejor de celebrar este día, el de la  festividad de Santiago Apóstol, que compartiendo ese poema con ustedes.   

Sei que non foi amor e, sen embargo, abriches 
 Amarga flor carnívora de noites os meus labios,  
Deixándome beberte na túa sede escura,  
Facéndome afogar no teu mar dos enganos.  

O prestixio da estrela máis fermosa e maldita 
Ascendías no ceo ruín das madrugadas. 
 Nos calendarios grises nos que se abeira o inverno, 
 E era doce buscarte polas rúas estrañas.  

Sei que non foi amor o que ti me ofrecías,  
Pero amaba o perigo das estrelas na noite,  
Que brillan nun instante e caen case sempre  
No baleiro, na nada, nas distancias, nos lonxes.  

Eu xoguei o que tiña para poder amarte,  
A bandeira romántica; na brétema os meus pasos,  
Sabendo que perdía meu corazón por terte, 
 E alleo vagaría, sen gobernó nosaños. 

 Pisei a clandestina xeada desas horas  
Nas que more o desexo.
 Pero entón xa levaba 
 A mancha dos teus bicos impregnando os meus beizos, 
 E cría que eran certas as palabras douradas. 

 Franqueárasme a porta do teu longo desvelo,  
Desa paixón sen nomes, precipitada, cega,  
Abismos do teu corpo sobre min derrubaras, 
 E unha torre danada nas miñas horas lentas. 

 Caeron as camelias, no chan, apodrecidas,  
Marcharon, invisibles, murchas flores no aire:  
Veu un vento de marzo para queimarnos xoves  
Coas cousas inocentes, cosollos lostregueantes. 

 Pasou a vida longa, como pasan os ríos.  
As princesas do mal extinguíronse todas:  
A cidade borrounas do libro da lembranza, 
 O teu nome está escrito naquelas follas mortas.  

Pero canto daría outra vez por mentirme,  
Cantos dos meus infernos baixaría a buscarte, 
 Cantas albas desperto –amenazada lúa‐  
E que extensión de sombras e de luceiros fráxiles 

Pasaría por verte, outra vez, e mirarte.  
Coller estrelas mortas na nosa man non doe,  
Se aquelas non feriran coa súa luz tantas noites.   

 La Estrela morta de Ramiro Fonte brilla para mí, siempre, en el cielo de julio, ese  Campus Stellae que esta fecha recuerda.      


*Susana Diez de la Cortina Montemayor es filóloga, directora académica de AulaDiez (www.auladiez.com) y  autora de numerosos libros de poesía y gramática española para extranjeros   


lunes, 20 de junio de 2016

La guadaña del solsticio: “No san Xoán, fouciña na man”


Por Susana Díez de la Cortina *

Las celebraciones precristianas del solsticio de verano, relacionadas con todo tipo de ritos de fertilidad y purificación, coinciden con la celebración de la festividad cristiana de San Juan, el Bautista, lo que no es de extrañar dado que el bautismo es para los cristianos el
sacramento purificador por excelencia. Cada 24 de junio, fecha en la que los Evangelios sitúan
el nacimiento de San Juan, exactamente medio año antes del de Jesús de Nazaret, las aguas de fuentes y arroyos se cargan al amanecer de poderes curativos y protectores especiales: quien se impregne del rocío que cae esa noche quedará protegido durante todo el año; quien se adentre desnudo de espaldas al mar mirando la luna atraerá la buena suerte y otros prodigios; quien al saltar las hogueras se acuerde de pedir un deseo, lo verá cumplido. Al fuego
purificador hay que arrojar, por San Juan, los objetos que traen malos recuerdos, la lista de los
miedos o de los nombres de las personas de las que hay que alejarse, mientras que para atraer
lo que se anhela o a la persona amada se corta esa noche un buen manojo de hierbas de SanJuán:

“No san Xoán, fouciña na man” (En San Juan, la hoz en la mano).

Venía yo pensando en estos días, mientras escribía sobre la corte de Herodes, en esas
hoces y guadañas que, símbolos de la muerte, hay que empuñar para cortar, en el solsticio, las
hierbas de San Juan, quien murió decapitado (aunque no por una hoz campesina, sino por la
espada de un esbirro a sueldo del poder). La muerte de San Juan Bautista es la muerte
simbólica de la libertad de expresión. Porque más allá de interpretaciones decadentistas (la de
Wilde, por ejemplo, de innegable valor estético, pero alejada del sentido bíblico) lo que las
Escrituras parecen querer decirnos a través de los siglos es que no debemos olvidar que el
Bautista, el purificador, murió por el capricho de los degenerados gobernantes de la corte de
Herodes, que ni encerrándolo se sintieron a salvo de su crítica voz: una voz levantada contra
un poder incestuoso y corrompido cuya conducta vulneraba a todas luces la autoridad moral
de la que pretendía estar investido. La historia bíblica nos advierte de algo que aún vemos en
nuestros días: el acallamiento de la verdad, si no se consigue con el encierro del adversario, se
logra con su muerte, así que, cuidadito: los poderosos corruptos, de cualquier clase que sean,
no se andan con chiquitas.

La historia del Bautista, como todas las parábolas bíblicas, aparte de interpretaciones
más o menos artísticas, tiene un SENTIDO, ligado a ese componente innegable de crítica
purificadora que tuvo el cristianismo en sus orígenes. La recuperación de ese inequívoco
sentido primigenio es un trabajo en sí mismo purificador, el de rescatar lo esencial. Para mí, el
sentido principal del relato bíblico radica en el hecho de que el Bautista, manifiestamente
contrario al incesto, no podía convenir con el doble rasero de aceptarlo en quienes
mandaban, y pagó esa osadía con su cabeza. Guillermo Arróniz hace referencia a la altura
moral de San Juan Bautista en un poema de su libro “De verso en Greco” dedicado al cuadro
de este autor titulado “El Bautismo de Cristo”:

“Tan alto eres Señor que hasta el Bautista
precisa de una roca junto al río […]
Tu rostro, bendición de la ternura
no cabe en este mundo de impiedades.
Señor, tu rostro cura soledades
y deja sin razón a la locura:
jardín donde florece el esplendor,
semblante en el bautismo del Amor”

“Hasta el Bautista”, nos dice Arróniz: imposible encontrar hombre más elevado que el
que le dio a Cristo “el bautismo del Amor”, con mayúsculas. Ese bautismo, del agua que
purifica, es uno de los ritos ancestrales del solsticio. Otro es el de purificar por el fuego. Y otro
más, al que cada año me entrego por estas fechas cuando viajo a Galicia, “fouciña na man”,
para descansar y leer, es el de sacar la hoz para desenmarañar lo que a lo largo del año ha
crecido sin tino y separar el trigo de la paja (o las malas de las buenas hierbas, las de San
Xoán), buscando encontrar en otros –todo hay que decirlo– lo que busco yo; y casi siempre lo
encuentro, como en este párrafo de la novela de Iván Robledo titulada “Cinco días para matar
al Papa”, que podría servirme como explicación de la metáfora que encierra el título de mi
propio poemario “El Castillo”, y que sale de la boca de una suerte de Mefistófeles que campa
por Santiago cuando se para a contemplar la catedral compostelana:

“Hermosa construcción, ‐dijo dando un gran suspiro, ‐el ser humano es capaz de lo mejor y lo
peor. Esclavizado, sometido al martirio del anatema, de la inhabilitación moral, levanta estos
majestuosos muros de piedra como cárceles de las que no podrá escapar. Dicta sus propias
sentencias antes de redactar las leyes que lo juzguen, el hombre cree en su temor que solo
podrá ser hombre por el miedo, vendiendo su libertad por un plato caliente. Esa es una de sus
conclusiones, este templo vacío, huero, opresivo”.

El templo… También hubo de ser purificado por Cristo, como el mismo Arróniz nos
recuerda con dos de sus poemas, en los que narra la expulsión de los mercaderes:

“La llama de Tu Cuerpo purifica
el templo transformado en mercadeo”.

No dejamos de dar vueltas a lo mismo, de repetir rituales ancestrales,
superponiéndoles explicaciones históricas o ficticias desde la noche de los tiempos. El arte es
así, en el fondo: una forma de enmarañar, con añadidos de peor o mejor gusto, el sentido de la
historia o del mito. La cruenta decapitación del Bautista se ha reinterpretado infinitamente en
el arte queriendo darle un matiz erótico, palingenésico, necrófilo, homosexual,
desacralizador… El arte es, en este sentido, una forma de perdición humana como cualquier
otra, tal vez equiparable a las que pudieran considerarse obras del maligno, como expresa otro
personaje de la novela de Robledo: “la perdición de cada hombre es una victoria suya que sólo
se comprende desde la maldad de contemplar a una criatura creada para el amor consumirse
en su desgracia”. Contra la perdición, “fouciña na man”, rescaten lo que puedan, del arte o de
la vida, que aún tenga algún valor, y lo que no, a la hoguera. Y no olviden su bautismo de rocío,
ya de madrugada, ni quemar la lista de todo lo indeseable. Y pásenlo bien, que hay refranes
para todos los gustos, o para una cosa y su contraria, sobre todo en Galicia: “Na noite de san Xoán, bebe viño e come pan”.

* Susana Díez de la Cortina es filóloga y directora académica de AulaDiez

(www.auladiez.com), y autora de varios libros de poesía y de gramática del español para extranjeros.

lunes, 16 de mayo de 2016

Luis García Montero: "Rosalía de Castro y la poesía española contemporánea"


Por  Susana Díez de la Cortina Montemayor

Algunas consideraciones sobre la conferencia de Luis García Montero "Rosalía de Castro y la poesía española contemporánea" con motivo del aniversario, día 17 de mayo, de la publicación de los Cantares Galegos.

 El poeta y catedrático de la Universidad de Granada Luis García Montero abrió el ciclo de actos con los que se conmemoraba en el Instituto Cervantes de Madrid los 150 años de la publicación de los "Cantares Galegos" con una conferencia titulada "Rosalía de Castro y la poesía española contemporánea". A lo largo de su exposición García Montero trató de poner de manifiesto la influencia de los versos de Rosalía de Castro en la posterior poesía en lengua española. Comenzó García Montero por mencionar que, según Luis Cernuda en sus “Estudios de poesía española contemporánea” de 1958, “su obra no ha influido en el rumbo de nuestra lírica”, sino que aparece “aislada”, como un “caso aparte” que sin embargo había que tener en cuenta; García Montero no coincide con Cernuda en su apreciación de que la poesía de Rosalía no había sido tan influyente como sería de esperar de la importancia de su figura, la de mayor renombre junto con la de Gustavo Adolfo Bécquer del Romanticismo español. García Montero, en un interesante recorrido por la poesía de Darío, Lorca, Machado, etc. demostró precisamente lo contrario, es decir, cómo la figura de Rosalía había resultado profundamente fecunda. A mi parecer, la parte más interesante de las asociaciones literarias que García Montero fue sabiamente desgranando resultó ser la de la poesía de Rosalía y la de Antonio Machado. El mayor nexo lo encuentra García Montero en la utilización de la Naturaleza en los poemas de ambos. Según este autor, ambos poetas tienen en común el utilizar la naturaleza como elemento objetivo que sirve de punto de encuentro a dos subjetividades, la del lector y la del poeta. Así, la mención de la naturaleza, la descripción de ciertos ambientes o paisajes, sirve para expresar las emociones, sentimientos o estados de ánimo y hacer que gracias a ella se produzca una confluencia sentimental con el lector. Los paisajes sorianos y los gallegos sirven como marco objetivo en el que se sitúan dos visiones subjetivas que, de otro modo, tal vez jamás hallarían un lugar de encuentro mutuo. En palabras de García Montero, ese tono objetivo y referencial de Machado es el que también sirve a Rosalía para “describir un paisaje de manera objetiva, para sostener con precisión un tiempo y un lugar donde el lector puede reconocer una situación solitaria sentimental precisa, el punto de encuentro del paisaje objetivo entre los sentimientos del autor y del lector”. 

 Por otro lado, es precisamente Antonio Machado quien, de forma más contenida, comparte un mismo lenguaje existencial con Rosalía. Así lo vio también Xosé Azar en su libro "Rosalía erótica y existencial", para quien la poesía de la escritora romántica puede dividirse en dos grandes bloques: la poesía amorosa, y la de corte existencial. 

 No sólo el aspecto mencionado por García Montero relativo a la presencia de la naturaleza en sus poemas une a los dos escritores, otros temas relevantes son comunes a ambos, como la fuente serena, el clavo en Rosalía y la espina en Machado, o el soñar. Podríamos traer a colación muchos ejemplos de ello, baste con estos dos poemas para representar esta confluencia temática del soñar y los sueños:

 “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
 ni el honda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
 lo dicen pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso 
de mí murmuran y exclaman: -¡Ahí va la loca, soñando 
con la eterna primavera de la vida y delos campos,
 y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos, 
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

 -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarchas, 
más yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, 
con la eterna primavera de la vida que se apaga
 y la perenne frescura de los campos y las almas, 
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan. 

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños; 
sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos? 

Los campos y las almas de Rosalía, ¿no son los campos y las almas de Machado, en cuyos versos, recordemos, los campos sueñan, y hasta las rocas sueñan? 

Desgarrada la nube; el arco iris
brillando ya en el cielo,
 y en un fanal de lluvia
 y sol el campo envuelto. 
Desperté.¿Quién enturbia 
los mágicos cristales de mi sueño? 
Mi corazón latía 
 atónito y disperso. ...
¡El limonar florido, 
el cipresal del huerto, 
el prado verde, el sol, el agua el iris!...
¡el agua en tus cabellos!... 
Y todo en la memoria se perdía 
como una pompa de jabón al viento.

Susana Diez de la Cortina Montemayor 
Conferencia de Luis García Montero dentro del Ciclo: Rosalía de Castro: Tradición y Modernidad, celebrado los días 22 y 23 de octubre (Instituto Cervantes, Madrid)

 Video de la conferencia de Luis García Montero:

 http://cervantestv.es/2013/10/22/rosalia-y-la-poesia-contemporanea/


miércoles, 20 de abril de 2016

Mnemosine: asalto al Castillo de los Mendoza 

Por Susana Díez de la Cortina *
Breve memoria del Festival de Arte “Asalto de versos” que tuvo lugar el pasado día 16 de  abril en el castillo de Manzanares el Real.     


Cuando la vi a las puertas del castillo de los Mendoza, supe que era María, y la llamé  por su nombre. Me miró con sorpresa, y tuve que explicarle que era la autora del libro titulado  “El Castillo” ilustrado por su padre, Heliodoro, y que al notar el parecido con él y con su madre,  la había reconocido de inmediato. Pero lo que no le dije es que, en un principio al menos, si la  había reconocido no fue por el parecido con sus progenitores, ni por encontrarse a las puertas  del castillo donde se iba a celebrar el “Asalto de versos” en el que yo también participaba, sino  porque había visto su cara representada en las pinturas de su padre bajo la forma de hada,  sirena, ninfa o ángel… Había visto esa cara con distintas expresiones, pero no idealizada, sino
  tal cual. Era, sin duda, ella, y estaba en mi memoria aunque no la hubiese visto jamás, esa  memoria de la que aquella tarde nos habló en clave poética Elena Diez de la Cortina, editora  de Manuscritos, invitada también al mismo acto para leer los bellos versos de su poemario  “Emboscada Memoria”.    

En nuestros días, parecería que la palabra «memoria» hubiera quedado estigmatizada,  en especial cuando aparece calificada por términos como «histórica», «recuperada»,  «dignificada» u otros semejantes. Algunos han alzado airadamente sus voces contra una, en su  opinión, excesiva e improcedente recuperación de la memoria. Y no les faltaría un punto de  razón si no fuera por lo excesivo que también fue, en otros tiempos, el intento de ocultar a  toda costa la bestia agazapada en los recuerdos de tantos. La desmemoria, quién lo duda, el  dulce olvido, nos permite continuar cuando lo que atrás queda resulta repulsivo; memoria y  desmemoria constituyen esas tablas de salvación  que unas veces nos permiten identificar los  lugares de nuestros antepasados  –como Heliodoro, descendiente de los Mendoza, en el  Castillo de Manzanares– y otras reconocer a quien nunca hemos visto más que a través de las  creaciones de un tercero, de forma similar a cuando nos enamoramos de un personaje  literario, o más aún, del escritor que ha creado a un cierto personaje, ese escritor al que tanto  desearíamos conocer, pero al que jamás hablaríamos sino de usted, y a poder ser en francés  pero, eso sí, con la pasión con que lo hacían, por ejemplo, los amantes de “La montaña  mágica” de Thomas Mann: “me encanta como escribe usted, cuando le leo a usted, es como si  recordara… como si me viniese algo a la memoria…”.  ¡Ay, la memoria! Mnemosina, la titánide  que personificaba en la Grecia antigua a la memoria, fue la amante de Zeus nueve noches  consecutivas, durante las que engendró a las nueve musas  –¡cómo debieron ser aquellas  noches!– ; el río que llevaba su nombre tenía la virtud de conferir a las almas de los muertos  que bebían de sus aguas la capacidad de recordar sus vidas anteriores, tanto como el río Lete  el inestimable consuelo de olvidarlas.  Escapando del vacío de la desmemoria a través de los  versos de Elena, me enredaba en el nombre de susurrante anémona de Mnemosina y me  parecía estar, en lugar de tras la red del escenario con la que el grupo “Asalto” simbolizaba el  encierro –y posterior liberación– de las ideas,  atrapada en la de un mariñeiro frente a las  costas de Galicia, esas costas a las que nunca dejo de volver con la imaginación y desde la  memoria cada vez que deseo olvidar, si no tristes vidas pasadas, sí algún triste pasado … y a las  que tampoco dejo de volver, con la carnalidad de todo eso otro mío que añora la humedad y el  pulpo a feira y donde, al parecer, se alberga el alma, cada mes de junio,  sin falta, por San  Xoán, en cuanto comienza a calentar el sol.   

En aquella sala del castillo, en la que se daban cita simultáneamente un grupo de  músicos (Los Perros DC), tres artistas gráficos (Jara Sedeño, David Deleonarts y Oscar Cambra)  y un tropel de poetas o aprendices de poetas (Manuel Valera, Miguel López del Bosque, Elena  Diez de la Cortina e incluso la que esto escribe, entre otros), yo me daba cuenta de que mi  hermana Elena, como si hubiera bebido las aguas iniciáticas o fuera amiga predilecta de las  hijas de Mnemosina, podía recorrer cada rincón del arte contenido dentro de aquella red  como pez en el agua, porque lo mismo toca la guitarra, que compone, pinta o escribe,  y no  solo “hace” versos, sino que los edita… Los versos de Elena y el bellísimo rostro de María son  algunas de las manifestaciones  visibles de Mnemosina que hoy quisiera (aunque no sea en  gallego y ni siquiera en francés) recordar para usted, que me lee, con mis palabras. 

* Susana Díez de la Cortina es filóloga y directora académica de AulaDiez
(www.auladiez.com), y autora de varios libros de poesía y de gramática del español para extranjeros.

jueves, 14 de abril de 2016

El matemático y la rosa

Por Susana Díez de la Cortina *

Pese a lo que le oí decir hace pocos días a un dignatario de la embajada alemana en España, Ludwig Wittgenstein (1889) no era alemán, fue un ingeniero austríaco que se trasladó a Inglaterra para profundizar sus estudios en los fundamentos de la matemática y de la lógica; pero en realidad no eran estos últimos lenguajes los que le interesaban, sino los de la música y, sobre todo, los que los seres humanos componen con el mejor instrumento del que disponen, esto es: a Wittgenstein le interesaban sobre todas las cosas las palabras. En 1914 se alistó voluntario en el ejército y se dice que desde las trincheras escribió, en parte, sus obras más revolucionarias. Después de publicarlas y discutirlas con los más grandes filósofos y matemáticos de su época, Wittgenstein volvió a Viena para construirle una casa a su hermana; y así fue como, en unos años en los que Carnap, por ejemplo, escribía "La construcción lógica del mundo", Ludwig Wittgenstein se ocupaba de muros y fachadas y, sobre todo, de idear un hermoso jardín, puesto que a su hermana le encantaban las rosas. 

 Contrató Wittgenstein para esa tarea a un experto jardinero y florecieron multitud de rosas. Entre ellas, una un tanto escondida, sin ser la más perfecta ni la más hermosa, recibía una atención especial del jardinero por su particular aroma, suave pero intenso. La flor era pequeña, y su tallo esbelto pero no totalmente recto, y a pesar de ello el jardinero -en lo que Wittgenstein le daba la razón- encontraba su curva muy graciosa; tenía pocas espinas, las justas para poder llamarse rosa, y su corola no era ni más frondosa ni colorida que otras, pero se mantenía firme y apretada, tal vez por la sombra de la tapia, o por crecer en tierra bien oxigenada... quién sabe. El caso es que su jardinero la cuidaba con mimo y ella le respondió multiplicándose sin perder la frescura. 

 Wittgenstein, que admiraba todas las formas de belleza, se paraba a menudo a contemplar el cuidadoso trabajo del jardinero, y atento como siempre a las palabras, se sorprendió escuchándole decir a la rosa: "Tú das tu aroma a todos, ¿por qué no puedes, dime, contentarte con dármelo sólo a mí?". El filósofo, que ya era más inglés que austríaco para entonces, prestó gran atención desde aquel día a las conversaciones del jardinero con la rosa. Las palabras que le dirigía a la flor -cada vez más decaída, aunque todavía bella- le sonaron agrias en alemán a Wittgenstein, y le desagradaron. Por las tardes visitaba a la rosa, que apenas ya se abría de tan tímida, y le dirigía frases de aliento. Para alegrarla, le llevó un colibrí, pero ella temía que si se explayaba demasiado, su aroma la delataría y despertaría las sospechas del jardinero. Los reproches y la ira la iban mustiando, y Wittgenstein comprendía que trataba de decirle algo importante, pero ella no conocía el lenguaje de las palabras, lo único que sabía era oler bien. Sin embargo, Wittgenstein era sin duda un tipo inteligente además de sabio, y al final comprendió lo que la rosa, harta de los reproches del jardinero, le estaba suplicando: "¡Córtame!". Y así ocurrió que Wittgenstein, que al fin y al cabo temía por sus manos como todo músico (igual que lo era su hermano, para el que Ravel había compuesto su famoso concierto para mano izquierda, dado que se dice que había perdido la derecha en la guerra) protegiendo la suya con un guante del jardinero cogió la podadera, cortó la rosa y la colocó en un jarrón de la mesilla de noche de su hermana, donde la flor pudo dar en sus últimos días toda su fragancia, diciéndole con compasión y cariño aquello de "Los límites de tu lenguaje son los límites de tu mundo" por lo que luego se le recordaría -e incluso se le citaría en actos protocolarios educativos por parte de dignatarios alemanes deficientemente educados en materia de Filosofía-, como a uno de los más importantes pensadores de la historia.

* Susana Díez de la Cortina es filóloga y directora académica de AulaDiez
(www.auladiez.com), y autora de varios libros de poesía y de gramática del español para extranjeros.

viernes, 8 de abril de 2016

"Vera Pro Gratis", o el precio de la verdad (y II)

Por Susana Díez de la Cortina *



Pensando en estas cosas y en la aparente relación de la verdad con las creencias más que con los hechos, hace unos días sorprendo sin querer, en una cafetería cualquiera de una ciudad cualquiera, una conversación, bastante tensa, de una pareja cualquiera. 
Él le está pidiendo a ella que le diga la verdad. “¿La verdad? – le contesta ella, mirándole retadoramente – Quieres saber si me acosté con él, ¿no es eso? ¿No te basta con lo que él te ha contado? Es tu amigo, lo que te haya dicho tiene que ser verdad. ¿Qué quieres saber? Yo creo que lo que andas buscando es que yo te confirme algo, que «confiese»
para poder echar sobre mí toda tu ira y descargarte tú. ¡La verdad…! Te la podría decir
con una palabra, pero no lo haré, ¿sabes por qué?, porque no tienes derecho a
preguntarla. Un poquito tarde ya para saber, ¿no?, cuando debía importarte no quisiste
saber nada de mí ni de la verdad. Y él tampoco te la dirá, aunque sea tu amigo, porque a
él la verdad le deja muy malparado. ¡La verdad! ¿Acaso la has respetado tú? Cuando te
decía «te quiero» me contestabas: «y yo te adoro». Cuando me extrañaba que me
prefirieras a tu ex mujer, teniendo con ella muchos más puntos en común que conmigo,
decías que no la querías, que te había hecho mucho daño, que no tenías ya nada que ver
con «esa señora sin personalidad» que, al poco de separaros, se había liado con un
hombre mayor, por interés… Y sin embargo, ahora que ha vuelto contigo me dices, para
herirme, que en el fondo siempre has estado enamorado de ella. ¿Cuándo decías la
verdad, entonces o ahora? ¿O quizás mentías siempre? Puedo aceptar que hayas vuelto a
quererla, pero que niegues ahora lo que sentiste por mí, eso no te lo perdono”. A la
mujer se le quebró la voz, el hombre desvió los ojos, visiblemente incómodo, yo pagué,
avergonzada por mi indiscreta, aunque involuntaria escucha, y me fui. Pero como ya
venía reflexionando y escribiendo sobre el tema bastantes días, no pude evitar seguir
pensando en ellos ni dejar de preguntarme cuál sería la verdad de lo ocurrido entre esas
cuatro personas. La mujer que no ha respondido al ser preguntada por la verdad, ¿oculta
algo? El amigo que se ha ufanado de haberla conquistado, ¿qué pretende al contárselo al
otro? La esposa que ha vuelto con su ex marido después de fracasar en sus otros
intentos, ¿a quién ama? El hombre que se desdice de su amor por la mujer que tiene
delante, ¿pretende sólo herir, o se autoengaña?

No pude dejar de hilvanar mentalmente esas historias reales con la de la casta Susana,
sobre la que estaba escribiendo porque, aunque las tres parecen meros enredos
sentimentales, en el caso de la pareja de la cafetería el engaño afecta sólo a las
relaciones personales; en el caso de Claudia, trasciende ya al ámbito profesional; y en
el de Susana, están implicadas las relaciones del individuo con el poder. Me explico por
medio de otro ejemplo: si un concejal de nuestra ciudad engañase a su mujer con otra, a
casi todos nos traería sin cuidado; pero que engañe a quienes le han elegido para su
cargo utilizando el poder que se le ha otorgado para su propio beneficio, o para
coaccionar a una subordinada a la que se quiere ligar, a la mayoría nos parece
inaceptable, y no sólo porque la repercusión sea mucho mayor sino, sobre todo, porque
es un intolerable abuso del poder. El enredo podría aumentar si la mujer del concejal
propagase por despecho la mentira de que la amante de su marido ha “comprado” su
amor a cambio de ciertos favores; y aumentaría aún más si interviniese un periodista
con ganas de trepar que vendiese la noticia, exagerándola, a un diario sensacionalista,
que podría difundirla con la conclusión de que todos los concejales de ese partido son
corruptos, etc., etc. La madeja de mentiras y autoengaños parecería no tener final…
Pero, en cualquier caso, lo que importa es reparar en que la manipulación de la verdad
ocurre a muy diversos niveles: la mentira particular, el bulo o las falsedades vertidas
con prepotencia atentan claramente contra el mismo principio, el de la verdad, pero sus
efectos son bien diferentes. En los tres ejemplos de los que he hablado aquí el engaño se
urde en torno a lo que casi todos consideramos como más verdadero y menos
susceptible de bromas o burlas, que son los propios sentimientos, aunque tengan un
carácter inmaterial, inconcreto y subjetivo. Las creencias de todo tipo también se
instalan en nuestro cerebro como algo “verdadero” aunque no tengan nada de real: por
eso podemos “creer” que una mujer guapa sea promocionada en su trabajo por su
atractivo y no por sus méritos, y no seríamos tan crédulos si se tratase de una fea. Por
supuesto que todo o casi todo, incluyendo algo tan afianzado en cada uno de nosotros
como las creencias y los sentimientos, puede ser tratado “a bromas y a veras”, y no se
puede poner límites a algo tan genuinamente humano, junto con el lenguaje, como el
sentido del humor; pero tiene que existir un discurso (en especial si es el de los
representantes públicos o personas con autoridad) que sea fiable, que vaya “de veras”.
Y por lo mismo, en el momento en que se detectan los casos de manipulación pública de
la verdad, la respuesta a nivel individual debería ser la de evitar el autoengaño; porque
el autoengaño no es muy distinto de cualquier otra forma de engaño. Quienes manipulan
la voluntad de sus subordinados, o la información, o la imagen pública de alguien,
tienen el mismo perfil que el del vulgar manipulador emocional, que utiliza la burla o la
ironía para escaquearse de la verdad y evitar el compromiso.

Los sentimientos y las creencias son, a nivel personal, algo de carácter verdadero y
auténtico, eso no hay quien lo dude. Pero también son susceptibles de generar
desacuerdos generalizados: así como el que piensa que le aman ve en todo un indicio de
amor, el que cree que le engañan ve en todo la prueba de la traición (en ese sentido el
enamoramiento, como los celos, se parece mucho a una manía persecutoria). Y si eso es
así en las relaciones personales de unas pocas personas, como las de nuestros ejemplos,
imagínense las proporciones que la cosa puede alcanzar en las relaciones sociales y en
el ámbito público: el político corrupto actúa como si los que le han votado fueran
amantes incondicionales que le perdonarán todos sus desmanes y corruptelas, y a su vez
esos votantes se negarán a admitir esas mismas corruptelas, por evidentes que sean, con
tal de no asumir su equivocación –y su responsabilidad– como votantes. El que ha
votado a un político corrupto y en la siguiente vuelta lo vota otra vez, está justificando e
implícitamente aceptando que nos vuelva a engañar a todos. Y eso es una forma
demasiado generosa de interpretar aquello de “poner la otra mejilla”.

Podríamos extender infinitamente los paralelismos: la sociedad creerá que los jueces
designados por ella serán más justos y respetuosos de la verdad que otros ciudadanos,
indefensos ante su poder como la pobre Susana; los compañeros de una mujer atractiva
creerán con facilidad en la posibilidad de que haya ascendido por eso; un hombre
creerá las patrañas que otro le cuente porque, siendo su amigo, presupone que le estará
diciendo la verdad; la víctima de un marido celoso volverá con él porque íntimamente
creerá que ese amor posesivo es más verdadero; el compañero de un empleado
despedido de modo improcedente no se atreverá a testificar contra el empresario en el
juicio porque creerá que será represaliado; el funcionario callará ante un caso de
prevaricación porque en el fondo creerá que “en todas partes cuecen habas”… No, la
verdad no es gratis. Tiene un precio. El precio de la verdad tal vez sea el de aceptar que
cada cual tiene derecho a autoengañarse como uno mismo. Pero eso que no equivale a
creer que uno está en posesión de la verdad y son los demás los que se autoengañan.
Además, conocer el precio exacto de la verdad también tiene sus ventajas: nos permite
estar prevenidos contra los tacaños, los que regatean, los usureros, los que sisan…

Igual que amantes despechados, vivimos socialmente un sinsentido, con visos de manía
persecutoria, de proporciones desmesuradas. Falta saber si la víctima de ese amor
desmedido e irracional no está, en el fondo, enamorada de su verdugo. O si víctima y
verdugo no presentan la misma patología y, al final, pagaremos bien caro el precio de
esa verdad que no es para nada gratuita cuando, tras habernos autoengañado y engañado
unos a otros, despertemos del sueño que son nuestras creencias viendo que, como dice
mi filósofa preferida –que es también mi hermana, Elena– “lo que tiene la realidad es
eso, que es muy tozuda”. Visto que la verdad no es gratis, antes de que la mentira
adquiera unas proporciones desorbitadas, primero la verdad antes que lo grato.

* Susana Díez de la Cortina es filóloga y directora académica de AulaDiez
(www.auladiez.com), y autora de varios libros de poesía y de gramática del español para extranjeros.

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